La capital política del mundo es Medio Oriente, dominado por dos pueblos cuyos anhelos mesiánicos llevan largo tiempo siendo motor central de la historia occidental: hebreos y árabes.
Los árabes revolucionaron Europa en las edades media y moderna, y los hebreos, tras ser eje de la política mundial interbélica, nos tienen ahora, junto con los árabes, al borde de la tercera guerra mudial (que por cierto ya empezó con el 11-S, según Laurent Artur du Plessis).
Las dos principales ramas de la raza semita se parecen muchísimo entre sí: el nombre mismo: `éreb´ (árabe) y `éber´ (hebreo) son casi idénticos, solo una `erre´ cambiada. Ambos son tozudos, ladinos,, duros, muy inteligentes y muy artísticos, y están poseídos de un desarraigable ímpetu de nacionalismo mesiánico, matizado en los hebreos por un hondo ramalazo de materialismo práctico y en los árabes por otro, no menos hondo, de idealismo mágico.
Perón decía "...que el judío plantea un problema en todos los países donde reside, "porque son un poco `aislacionistas´: se aislan entre ellos y entre ellos crean sus organizaciones exclusivas, y explotan la economia, lo cual origina en el acto la oposición del régimen". El árabe es hombre de corazón; tiene tres grandes pasiones: las mujeres, el juego y la política. Es gente semita y también propensa al negocio y al comercio. Pero, a mi juicio, los árabes tienen sobre los judíos esta superioridad: que se adaptan más facilmente, que echan raíces, que se funden con la nacionalidad, en tanto que el judío es siempre un extraño; no se integra...".
Los hebreos sionistas concentraron siempre su meta nacionalista en la tierra prometida, es decir: las fronteras de Israel bajo el rey Salomón, y ahora están al borde de conseguirla. sólo que ese borde podría desencanar una nueva guerra mundial; mientras los árabes amplían la suya (islamismo) al momento de su máxima expansión territorial, con España, colonizada por ellos hasta algo más allá del Tajo. Y recordemos que Al Andalus no significa Andalucia, sino España entera, a la que ellos llamaron Vandalia, el país de los vándalos. Y recordemos también que mientras el sionismo latió ininterrumpida y activamente en la consciencia de los hebreos desde el momento mismo en que el emperador Adriano les expulsó de su tierra, el islamismo, que llevaba siglos agitando lánguidamente la de los árabes, sólo ahora les encrespa en pura violencia, espoleados por la persistente y creciente humillación a que los occidentales les somentemos desde comienzos del siglo XX, agravada ahora por el solapado, insolente genocidio israelí contra Palestina al amparo de los norteamericanos.
Y aquí es donde islamismo y sionismo se unen en un solo problema gemelo, y donde hay que atacarlo conjuntamente y de raíz si queremos resolverlo inteligente y justamente; en la cuna del mal, que es el Medio Oriente. Y con imparcialidad.
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